¿SON NUESTROS HIJOS MÁS RESILIENTES QUE NUESTROS ABUELOS?

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Todavía recuerdo perfectamente el momento, aunque no el tiempo que ha pasado, en el que escuché por primera vez la palabra «resiliencia». Posiblemente, la hubiera escuchado antes, pero mi cerebro y, más concretamente, mi atención, la debieron dejar pasar como tanta otra información que recibimos al día y que, justo en ese instante, nos resulta totalmente irrelevante.

El caso es que esa palabra resonó en mi interior porque era el momento, ya que coincidía con esa etapa que algunos llaman «despertar» en la que no paras de devorar cualquier libro que llega a tus manos relacionado con la inteligencia emocional o el crecimiento y desarrollo personal porque, al parecer, te diste cuenta, un determinado día, de que hay algunas parcelas que son necesario atender y cuidar, principalmente, por una simple y sencilla cuestión de resiliencia, es decir, para adquirir herramientas y mecanismos que te ayuden a mejorar tu capacidad de adaptación ante los vaivenes y «tortazos», que de vez en cuando y en la mayoría de los casos, sin avisar, nos propina la vida.

Lo que no sabía es que con ese supuesto «despertar» tan solo me encontraba en el nivel inicial de la partida, en el nivel amateur, principiante o como queramos llamarlo, ya que, realmente, lo único que haces es prestar atención y consumir información que hasta hace muy poco no significaba nada para ti, porque una cosa es la teoría y otra cosa es ser capaz de aplicarla correctamente cuando nuestro volcán emocional comienza a expulsar lava en forma de miedos, frustraciones, heridas, huellas o traumas de nuestro querido pasado.

Así, me resulta especialmente curioso, comparando la infancia de mis padres o abuelos con la de mis hijos y alumnos, cómo hemos pasado de tragarnos nuestras emociones, esconderlas, cambiarlas, camuflarlas, taparlas, encarcelarlas e ignorarlas para pasar a exteriorizarlas en cualquier momento, magnificarlas, intensificarlas y vomitarlas sin control alguno porque alguien nos dijo, como es normal y viniendo de donde venimos, que hay que dejarlas salir sea como sea, pero, realmente, ¿son más resilientes los niños de ahora que nuestros padres y abuelos? ¿Nuestros hijos están más preparados y tienen mejor capacidad de adaptación ante los habituales y normales cambios de la vida? ¿Poseen mayores herramientas y estrategias que nuestros abuelos para soportar los «tortazos de la vida»? ¿Hemos conseguido que esa corriente masiva de literatura y buenas intenciones para con la educación emocional consigan, no solamente ser capaces de identificar, gestionar y manejar sus emociones, sino que sea una poderosa herramienta que, adecuadamente utilizada, los convertirán en personas más adaptativas y, en definitiva, más resilientes?

Creo que, lamentablemente y como ocurre con prácticamente todo, la necesidad de cambiar las cosas y de tratarlas sin aprender del pasado nos acaba llevando al extremo contrario y acabamos emborrachándonos y empachándonos sin haber conseguido mejorar la situación o lo que es peor, encontrándonos con nuevos problemas con los que no contábamos.

Lo preocupante es que puestos a comparar, teniendo en cuenta la importancia que se le trata de dar ahora a la educación emocional y si hablamos, realmente, de resiliencia, me da la sensación de que nuestros hijos y alumnos tienen mucha más educación emocional que nuestros abuelos, pero mucha menos resiliencia o capacidad de adaptación. 

Entonces, ¿quizás hay muy buenas intenciones, pero es el momento de revisar y cuestionar lo que estamos haciendo? ¿Quizás deberíamos observar y valorar con más humildad y atención algunos de los valores y herramientas que nos inculcaron con mucha menos formación e información de la que tenemos ahora? ¿Quizás sea eso, demasiada información y poco tiempo para procesarla y aplicarla adecuadamente? 

Quizás se pueda ser innovador sin olvidar añadir a la pócima algún pequeño ingrediente tradicional de esos que utilizaban nuestros padres y abuelos para aportarle algo de equilibrio y sobre todo, eso, resiliencia; porque es posible que a mayor capacidad de adaptación mayor capacidad para disfrutar de lo que la vida nos ofrece.

Hasta entonces, habrá que seguir estando a la moda, atento a los últimos avances y planteamientos pedagógicos que nos hagan estar a la cabeza de los padres y profesores del futuro. Eso sí, que no se nos ocurra cuestionar nada de lo que hacemos que eso es de antiguos, retrógrados y «mentes estrechas».

Feliz día.

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