PROFE, COMPAÑERO… ¿POR QUÉ?

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El reloj acaba de dar las dos de la tarde. Cierro con llave la puerta de un aula que comienza a descansar del ajetreo incesante y habitual de cada semana, recordándome, al tiempo, que también comienza mi momento de descanso, especialmente, de la exigencia emocional que requiere y exige este lugar y esta profesión.

Pensamiento que se esfuma, mientras camino por ese largo pasillo, dando lugar a otros que provienen de diferentes experiencias propias y de otros compañeros y coles que han surgido a lo largo de toda la semana, los cuales vuelven a despertar en mí ese sentimiento de cierta preocupación ante la repetición de sucesos y hechos que demuestran que la vida en nuestras aulas está cambiando a pasos de gigante.

 Y es que por muy optimista que se pretenda ser, por mucho que te enfoques en que la puerta de ese aula se ha cerrado hasta el lunes o, incluso, intentes esforzarte por demostrar que todo te da igual, acabas cargando con todas esas necesidades emocionales y psicológicas, cada vez más frecuentes en nuestras aulas, que necesitan ser atendidas inmediatamente y que serás incapaz de aparcar hasta el lunes para que no se conviertan en fuertes y frustrantes barreras de aprendizaje e incluso de convivencia.

No cabe duda de que vivimos en el momento de mayores avances en todos los campos, del mayor acceso a la información y al conocimiento de la historia, de más disciplinas y herramientas disponibles, así como de profesionales con mayor formación y ganas de innovar, pero; sin embargo, cada vez nos invade e inunda más ese sentimiento de no llegar, de no hacer lo suficiente o lo necesario para cambiar las cosas u obtener mejores resultados.

En mi afán por buscar respuestas, acabo encontrando más bien nuevas y numerosas preguntas que me hacen sentir que vivimos un momento de confusión y demasiada incongruencia que provoca que lo que debería ser más acabe siendo menos.

Y si no, ¿por qué, por un lado, se nos pide que la evaluación sea un proceso flexible, formativo y basado en informes cualitativos que rebajen la tensión y estrés que conllevan las notas y, por otro, se nos exige programar y tener perfectamente ponderada en porcentajes cada una de las notas que damos? ¿Por qué se le da un carácter negativo a los exámenes y pruebas, pero a la vez, se le exige a cualquier docente que tenga evidencias objetivas de todas y cada una de las decisiones que toma sobre la evaluación de un alumno, especialmente, en etapas como Infantil y Primaria? ¿Por qué acabamos dedicando más tiempo a justificar y demostrar nuestra profesionalidad que a preparar actividades de calidad que ayuden a resolver problemas reales del aula, tanto académicos como de convivencia?

¿Por qué defendemos que la normalidad y el evitar las etiquetas son una de las principales recetas para la inclusión, pero si no se tiene un diagnóstico o se dictamina a un alumno como ACNEE no se tienen en cuenta esas necesidades y, por tanto, se destinan los recursos necesarios? ¿Cómo se consigue realmente una educación individualizada de calidad en una clase de veinticinco individualidades? ¿Cómo se las apaña un único profesional para, dentro de esa diversidad, incluir y atender adecuadamente a niños que requieren de una atención totalmente específica porque carecen de la autonomía necesaria, al tiempo que responde a las necesidades del resto del grupo? ¿No deberíamos atender las necesidades de todos, sean cual sean las mismas? ¿Por qué no se valora más ese esfuerzo, dedicación y desgaste emocional? ¿Por qué no se destinan muchos más recursos humanos?

¿Por qué no se confía más en el criterio profesional de aquellos que estamos durante muchos años manejando, como buenamente podemos y sin formación, estas situaciones tan complejas que no tienen nada que ver con lo académico? ¿A caso sabe más o tiene más credibilidad aquel que toma decisiones desde un despacho o ese profesional externo, que sin tener en cuenta el contexto del aula, observa individualmente a un único niño en una situación totalmente controlada? ¿Por qué se le da más credibilidad a un profesional externo y ajeno al colegio? ¿Tal vez porque le pagamos mucho dinero y lo que se hace en el colegio es «gratis»? ¿Cuántos niños ha podido observar en un contexto de grupo ese profesional en comparación a cualquier docente?

¿Por qué algunas familias depositan a sus hijos en el cole, sin depositar lo más importante: su confianza? ¿Qué ocurre cuando la mitad de la energía, en muchas ocasiones, se destina a mantener el orden y el respeto? ¿Por qué cualquier docente tiene miedo a intervenir, aunque solo sea para sujetar a un niño que está agrediendo a otro? ¿Por qué denunciar y poner en entredicho la actuación de cualquier profesional no tiene ningún precio ni consecuencias, una vez demostrado que no ha sido así? ¿Por qué sale gratis, después del desgaste psicológico y emocional por el que ha tenido que pasar esa persona para demostrar su inocencia? Como padre, ¿no estamos influyendo en la desmotivación y falta de implicación de esos profesionales en los que confiamos la educación de nuestros hijos? ¿Por qué nos hemos acostumbrado, en esta sociedad, a tener en cuenta mayormente al que tiene como prioridad quejarse? ¿No acabamos aprendiendo a quejarnos para que nos hagan caso y nos den la ayuda necesaria?

Demasiadas preguntas que quizás, no tengan respuestas. Demasiadas preguntas que puedan parecer una queja. Es posible que lo sean a pesar de que mi intención es invitar a la reflexión. Demasiadas quejas que, realmente, no cambian nada si no van acompañadas de acciones.

Aunque, al tiempo, puede que algunas de estas preguntas ronden la cabeza de muchos de mis compañeros y, a veces, solo verbalizarlas o comprobar que esas experiencias y sentimientos son compartidos, alivie esa carga psicológica y emocional, que sin darnos cuenta, va llenando nuestras mochilas hasta que un día no queda otra que parar.

No hay culpables, ni los busco. Solo la esperanza de que ese «más» deje de ser «menos». Busquemos entre todos el modo de hacerlo. ¿No crees?

Feliz día.

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