
En más de una ocasión he tenido la oportunidad de escuchar a mis padres, a algún familiar, a compañeros de trabajo o amigos que nacieron unos cuantos años antes que yo, que la vida no tenía nada que ver con lo que, por suerte, nos ha tocado vivir a los de mi generación.
Así, como es lógico y normal, algunos con nostalgia, tristeza o rabia; y otros, riendo y con cierto alivio de lo ya pasado, cuentan todas aquellas carencias que les tocó vivir a una generación que trabajó para sus padres, después para sus hijos y ahora para sus nietos.
Si bien, aunque cada uno expone y cuenta aquello que le afectó más o que supone un mayor contraste con lo vivido en la actualidad, la mayoría coinciden en poner el acento en lo difícil que era poder expresar tu opinión con libertad, tanto en el seno familiar como en cualquier otro contexto y, al tiempo, destacan la suerte que tenemos, hoy día, ya que todo el mundo puede exponer y expresar aquello que quiera, sin miedo a que le peguen un «bofetón» o lo encierren en la cárcel.
De este modo, mientras lo escucho y en mi afán por sentirme afortunado por haber nacido en esta «bonita» época de libertad de expresión, mis creencias, experiencias y sentimientos chocan y se rebelan para, no solamente cuestionarlo fuertemente, sino para tratar de encontrar el por qué.
Como en muchos de otros aspectos cuestionables quiero pensar que es, en gran medida, resultado del tipo de vida y sociedad que nos toca vivir y cómo a partir de numerosos factores establecemos nuestras creencias, valores y forma de relacionarnos y convivir y, por tanto, el modo en el que entendemos la libertad de expresarnos con los demás.
Posiblemente, vivimos un momento en el que tenemos acceso a más información, pero tenemos menos conocimientos; vivimos más relaciones y experiencias sexuales, pero también más vacíos; o nos creemos con mayor libertad, pero nos sentimos menos aceptados y mucho más juzgados.
Y es que, a día de hoy, cualquiera puede alardear de lo abierto de miras que se considera, aceptando y tolerando, a priori, cualquier punto de vista y expresión, aunque, llegado el momento de la verdad, nada es lo que parece.
Nuestro cerebro tiende a economizar al máximo y realizar el mínimo esfuerzo posible. De tal manera que, con ayuda de la inestimable influencia de las redes sociales y medios de comunicación, clasificamos a las personas en el menor número posible de tipos, ya que así el esfuerzo para localizar y realizar un juicio sobre él es mucho menor. Por tanto, en el preciso instante en el que detectamos una característica determinada pensamos: «este es de los míos o este no lo es», asociando un montón de cualidades que nos han hecho creer que van en el mismo «pack».
Pero esto no es lo verdaderamente grave, sino que se ha establecido qué valores y formas de pensamiento debe tener un «buen ciudadano», anulando, cuestionando y aniquilando socialmente a todo aquel que piense, sea o, simplemente, cuestione cualquiera de esas formas, porque queramos reconocerlo o no, nos supone un gran esfuerzo pararnos, reflexionar y cuestionar las cosas, especialmente, aquellas que se refieren a nuestro círculo, nuestras creencias, nuestro estilo de vida, nuestra familia, nuestra forma de actuar y todo aquello que alguien nos contó que funciona y que es lo mejor para nosotros. ¿Para qué pensar y cuestionar lo que ya funciona? ¿Para qué complicarte la vida? Si todo va bien, amigo.
Quizás, antes te metían en la cárcel o te daban un «bofetón». Ahora te encierras tú mismo en la cárcel del silencio por una cuestión muy sencilla: para qué voy a dar mi punto de vista sobre este tema, para que voy a cuestionar algo que acepta la mayoría, para qué voy a ofrecer otro modo de hacer las cosas en algo que nadie quiere cuestionarse, para qué… Si no solamente van a cuestionar la presencia de esos valores en mí, sino que, además, me van a asociar un montón de etiquetas a las que han ligado anteriormente ese valor y que han integrado como negativas.
Así, acabas pensando: «cuánta energía tengo que emplear para que alguien ponga en tela de juicio mis valores por una simple opinión o por cuestionar el modo de abordar un tema cualquiera de la vida. ¿Me merece la pena? Mejor no intervengo. Mejor me encierro en mi cárcel y espero el momento para encontrar a algún «preso», como yo, con el que poder aliviar y compartir opiniones, palabras y, en definitiva, libertad, aunque eso no implique, por supuesto, pensar del mismo modo.
En cualquiera de los casos, no cabe duda que la libertad de expresión es un don, un regalo, un privilegio que, para disfrutarlo, deberíamos cuidarlo a través de un ejercicio proactivo del que, desgraciadamente, pocas personas están dispuestas a hacerlo: capacidad de reflexión, cuestionamiento y autocrítica para el que la recibe y formación, educación, respeto y empatía para el que la realiza.
Por ello, cuando encuentras en tu camino a alguna de esas personas, piensas: «joder, qué afortunado soy. Puedo expresar mi opinión sobre cualquier tema sin que se cuestionen o pongan en tela de juicio todos aquellos valores que ya demuestro cada día con mis propias acciones».
Por cierto, con este escrito no pretendía cuestionar nuestra libertad de expresión. No vaya a ser que alguien cuestione o crea que estoy en contra de la misma o que formo parte de no sé qué partido político o pack ideológico del que no pagué la suscripción…
Gracias por leer y compartir. Si te apetece dar tu opinión, ¡adelante!





