GRACIAS, PEQUEÑA «LOCA»

Hace un tiempo, por suerte, comencé a ser consciente del poderoso y mágico impacto que producen los cuentos, relatos e historias tanto en los niños como en los adultos, y ese interés me llevó, casi sin darme cuenta, a descubrir mi pasión por crearlas y escribirlas, entendiéndolas como una herramienta perfecta que nos invite a grandes y pequeños a reflexionar y conocernos un poquito mejor, pero cuando llevas un tiempo trabajando con niños comprendes que, en muchas ocasiones, sus preguntas, sus palabras, sus miradas, sus gestos y sus acciones se convierten en auténticas lecciones que superan, de largo, a la mejor de las historias inventadas porque como ya habréis oído, la realidad siempre, siempre, siempre supera la ficción.

Transcurre la clase de educación física y los niños y niñas de primero de Primaria quietos, tratan de escuchar y seguir las explicaciones de un nuevo juego, buscando la forma de controlar esos deseos incesantes de movimiento que invaden su cuerpo. A pesar de ser consciente de lo importante de utilizar demostraciones para su comprensión, especialmente en estas edades, la sencillez del juego desde mi cerebro de adulto y el exceso de confianza en mis explicaciones me llevan a no hacerlo en esta ocasión, concluyendo, antes de dar comienzo al juego, con el típico: «¿alguien no lo ha entendido? ¿Tenéis alguna duda?» 

Una tímida mano se eleva lentamente entre los niños, acompañada de una suave voz  que me dice:

—No he entendido nada de lo que has explicado.

Comprendiendo la normalidad de la situación y en mi afán por resolver las dudas lo antes posible, me aproximo hacia la niña y, lejos de cambiar la forma de hacerlo, comienzo a realizar la misma explicación que había hecho para todos, pero dirigiéndome a ella. Antes de iniciar la segunda frase, la niña realiza el típico gesto que hacemos con el dedo índice para mostrar que alguien está loco, mientras mira a sus compañeros. Gesto que salta todas las alarmas en mi interior al comenzar a interpretar que la niña, mientras me esfuerzo en explicarle, está diciendo a todos sus compañeros, sencillamente, que estoy loco.

Ante tal situación y antes de tomar una decisión a la ligera, aunque un tanto condicionado, decido preguntarle:

—¿Por qué estás haciendo ese gesto?

La niña, al tiempo que repite de nuevo el gesto y con total normalidad me responde:

—Porque estoy loca. No entiendo nada de lo que me dices.

Imagina, por un momento, la sensación de alivio que tuve, simplemente por el hecho de no haber cometido el error de juzgarla antes de tiempo.

Mientras trataba de encontrar el modo de utilizar todo lo que estaba ocurriendo como un aprendizaje para el resto de alumnos, como puedes imaginar y como habría hecho cualquiera, le dije que para nada era una loca, sino más bien una niña valiente y que había hecho lo que debía hacer, invitando a los demás a que siguieran el mismo camino y entendieran, a su vez, que siempre que duden o no comprendan algo, no tengan miedo de decirlo ni de que los juzguen por ello porque ese, realmente, es el camino para aprender pero, ¿qué pensarías si te digo que cuando di comienzo al juego, más de la mitad de los niños demostraron que no se habían enterado de mis explicaciones?

Si soy sincero, no sé con certeza si, después de todo, los niños lo comprendieron, incluso si la niña volverá a sentirse como «una loca» llegada una situación parecida, pero de lo que no me cabe la menor duda es que esa «loca bajita» me enseño una importante lección porque, ¿cuántas veces no sabemos algo y callamos por miedo a que piensen que no valemos o somos lo suficientemente capaces? ¿Cuántas veces abandonamos o evitamos probar y aprender solo por ese miedo a ser juzgados? ¿Cuántas veces no damos nuestra opinión o punto de vista porque creemos que somos los únicos que pensamos diferente? ¿Y si hubiera más personas que se sienten como nosotros pero no lo comparten? Quizá compartamos más miedos, sombras y rarezas de las que muchas veces nos imaginamos. Entonces, ¿quiénes son los «locos»? ¿Los que hablamos o los que callamos?

Sea como fuere, creo que la mejor forma de agradecer a esa niña lo que nos enseñó es ser un «loco» que habla, compartiendo su experiencia, con la esperanza e ilusión de que sirva e invite a la reflexión a otras personas porque indudablemente la realidad supera siempre, siempre, siempre la ficción.

Gracias por levantar la mano, gracias por compartir «tu locura» y gracias por recordarme que, quizá, los verdaderos «locos» seamos los que callamos.

Gracias de corazón, «pequeña loca».

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