MAMÁ, NO ENCAJO…

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Mamá, mira lo que hago, papá mira lo que acabo de aprender, profe a que se me da muy bien botar la pelota. Cuántas veces escuchamos una y otra vez este tipo de comentarios de nuestros hijos y alumnos, especialmente cuando son pequeños.

Digo pequeños porque la mayoría de adultos pensamos que todo esto forma parte, única y exclusivamente, de nuestra infancia, quizás, porque dejamos de utilizar esas palabras o esos mensajes tan directos, pero, realmente, ¿solo necesitamos la aprobación de los demás cuando somos niños?

¿Cuántas veces, por ejemplo, nos hemos subido al coche o hemos pasado a la casa de algún amigo o compañero y sin que hagas ningún tipo de comentario, comienza a explicarte que está un poco sucio todo o desordenado y se apresura a ponerte excusas reales o ficticias que justifiquen su actuación para que, sobre todo, no llegues a pensar algo de él que no le gustaría?

Por no hablar de esa camiseta o zapatillas que te dejas de poner o empiezas a ponerte por los comentarios de dos o tres personas que ni siquiera son amigos tuyos; o aquel corte de pelo que me he hecho porque, simplemente, se ha puesto de moda.

Podría comentar miles de casos más, pero es que, de forma consciente o totalmente inconsciente, tenemos la necesidad de ser aceptados por los demás, desde aquellos que son nuestra referencia, en función de nuestra edad, hasta personas que puede que ni siquiera conozcamos de absolutamente nada.

A priori, observar estos comportamientos podrían ser anecdóticos o incluso divertidos, pero cuando tratas de profundizar e investigar en lo que hay detrás de todo ello, puede que resulte algo preocupante y que, incluso, deberíamos abordar y trabajar desde que somos bien pequeñitos, ya que, en cierto modo, en algo aparentemente inofensivo puede llegar a esconderse, incluso, la base de cualquier maltrato.

Es posible que pienses que estoy exagerando, pero ¿qué sucede cuando mi grupo de amigos están haciendo algo (comenzar a beber, fumar, relaciones sexuales…) que no me gusta o para lo que no estoy preparado y acabo haciéndolo por no quedarme fuera, no ser «way» o, sencillamente, ser un cortarrollos? ¿En cuántas ocasiones te has sentido vacío solo porque has elegido un camino que no transita nadie? ¿Qué pasa cuando me limito a adoptar las conductas de mi grupo de amigos y de la mayoría sin preguntarme o cuestionarme lo que realmente me gusta o necesito? ¿Qué ocurre cuando mi pareja me pide o exige cosas que no me apetece hacer o que, incluso, son faltas de respeto y accedo por miedo a perderla?

Y algo más grave; ¿qué sucede cuando, desde pequeño, empiezas a aprender, bien porque lo sufres o porque lo imitas, que cuanto más rechaces a otra persona, incomprensiblemente, más atractivo eres para ella al aumentar esa necesidad de ser aceptada que comenzó, quizás, desde aquel «mira papá lo que hago».

No cabe duda de que es un tema complejo, pero si desde pequeños aprendemos a tomar decisiones basadas en la autorreflexión, el autoconocimiento, la construcción de una sólida autoestima y sin el miedo a ser rechazados o a estar solos, aunque pasemos momentos complicados, a la larga nos sentiremos más libres, equilibrados, en paz y bajo ningún concepto sacrificaremos o subastaremos la base de cualquier relación saludable en nuestras vidas: el respeto.

En este sentido, hay una regla que escuché hace poquito que resume muy bien la importancia de esta cuestión. Se trata de la regla del 18, 40, 60 que viene a decir que cuando tenemos 18 años nos importa mucho lo que los demás piensen de nosotros, a partir de los 40 comenzamos a actuar sin que nos importe demasiado lo que piensen los demás y cuando tenemos alrededor de 60 nos damos cuenta de que jamás nadie pensó en nosotros.

En definitiva, me resulta, en cierto modo, paradójico pensar que ese necesidad de ser aceptados que arrastramos desde nuestra infancia, la cual acaba condicionando gran parte de nuestros comportamientos y relaciones comienza a perder fuerza e intensidad en ese preciso instante en el que conseguimos aceptarnos a nosotros mismos.

Mientras llega ese anhelado y mágico momento con el que bregamos a lo largo de toda nuestra vida, es posible que el mejor antídoto, aunque no lo sientas con fuerza, sea pensar y decidir por ti, a pesar de que eso implique estar solo o no encajar en algún lugar. Puede que te sientas diferente no por ti, sino porque no estás rodeado de las personas adecuadas.

Simple y llanamente, hay más peces en el mar.

Firmado por un pez 🙂

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