MALOS TIEMPOS PARA LA PACIENCIA

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Recordando aquella famosa canción de Teo Cardalda en la que nos decía que eran «malos tiempos para la lírica», me resulta inevitable pensar que son malos tiempos para la paciencia.

Pero no porque la paciencia haya perdido el gran valor que posee para todo aquel ser humano que sea capaz de cultivarla, sino porque el mundo y esta sociedad del bienestar, de lo inmediato, de las experiencias exprés, del «lo quiero aquí y ahora» en la que vivimos la ha aparcado, desplazado e infravalorado; ocultando su verdadero valor a los ojos y el corazón de la gente que ha terminado por colocarla en la trastienda de sus prioridades.

Es más, la ha  hecho pasarse de moda, asociándose a un concepto más propio de personas mayores, aburridas, con poca iniciativa y cierta falta de emprendimiento porque, queramos aceptarlo o no, parece resultar más atractiva aquella persona que devora experiencias de todo tipo y a todas horas anteponiendo, en muchas ocasiones, la cantidad a la calidad, queriendo estar en todo pero no llegando a nada o buscando disfrutar de lo exclusivo y especial cuando no se sabe disfrutar de las «pequeñas cosas».

Y es de este modo como a pocos minutos que pases en las redes sociales observas cómo te ofrecen la posibilidad de escribir tu guion o novela en un par de días, aprender un idioma en un mes, dar la vuelta al mundo en cinco días, adelgazar o dejar de fumar en una semana o la que más me gusta: conocerte y cambiar tu vida en un seminario de tres días. ¿Realmente es efectiva la fórmula de menos tiempo, menos esfuerzo, menos dedicación y paciencia a cambio de más dinero? ¿Puede el dinero, entonces, comprar todo ese tiempo a cambio de algo verdaderamente valioso? Me pregunto, realmente, dónde quedó aquel propósito que un día leí y me pareció entonces exigente: «no dejes esta vida sin haber tenido un hijo, escrito un libro y plantado un árbol».

No pretendo criticar a las nuevas generaciones comparándolas con otras anteriores, ya que todas somos el resultado de las circunstancias que nos han tocado vivir, tanto para lo bueno como para lo malo; y cómo la propia sociedad cambia el valor y el significado de cada palabra.

En este sentido, recuerdo no hace tanto lo que significaba esperar; esperar una carta o una llamada de alguien especial toda la tarde pegado al teléfono fijo de casa, esperar a que alguien que te gustaba saliera a la calle a jugar porque esa era la oportunidad de acercarte a ella, esperar una serie de televisión que te encantaba, esperar a comprar el disco de tu grupo preferido en la tienda o pasarte toda la tarde intentando que se cargara un videojuego en el que apenas se diferenciaban los gráficos. Esperar a que llegara el domingo para comprar una bolsa de chuches con tus amigos o esperar un día tras otro a conseguir aquel primer beso de la chica de la que te habías enamorado o, al menos, eso creías. Y es que aunque deseáramos que todo fuera más rápido, la vida nos obligaba a ir despacio, sin prisas, sin atajos, sabíamos que todo proceso requería tiempo y no se podía comprar porque la vida, sencillamente, nos enseñaba a esperar.

Lo paradójico de todo esto es que la vida del carpe diem que vivimos hoy nos hace pensar que son malos tiempos para la paciencia, pero aquellos que hemos tenido la suerte de experimentar, sentir y vivir ambas épocas, somos conscientes del verdadero valor que tiene y que sólo a través de ella se consiguen grandes objetivos, grandes sueños, sólidos, fuertes, duraderos; y en definitiva, aprender a disfrutar verdaderamente de aquellas cosas que merecen la pena de la vida.

De este modo, confío en que la generación que le ha tocado nacer en la vida de lo rápido y lo inmediato acabará por encontrar el verdadero valor de la paciencia. Lo que me preocupa es que una vez llegado ese momento en el que necesiten aprender a desarrollarla e integrarla en sus vidas le paguen a un gurú para que les enseñe a hacerlo en un par de días. Habrá que tener paciencia; o eso creo…

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